Abuelos

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Abuelos

Se preguntó porqué continuaba pronunciando aquel nombre tan desagradable, quebrando la serenidad de la habitación. Porqué, contra toda evidencia, seguía negando que las cosas pasaban, no como él las imaginaba, sino más bien como una realidad de la cual él no era ni participe ni dueño.

—Una cosa es tener problemas, de esos que ahora llaman psicológicos—sonrió—y otra muy distinta es ser un hijueputa masoquista latigándose con recuerdos. 

Tomó su sombrero y resuelto a ahogarlos en alcohol, abrió la puerta. El ardiente resplandor de la calle empedrada le obligó a sentarse y pensar, de peor o mejor forma, en lo que debía hacer, no en lo que quería hacer. Ya le estaba saliendo demasiado caro eso de correr tras sus deseos, como esa vez que corrió detrás de Francisca rogándole por cuarta vez que no se fuera, o cuando Esteban casi le quebraba las costillas en aquel pleito de bar, o cuando Juanito “el Chichipapate” Valencia le prohibió la entrada a la única taberna del pueblo; y era precisamente esa censura, esa castración, como él lo llamaba, lo que le flagelaba: el actuar equivocadamente en impulsos o el quedarse quieto y dejarse llevar por la procesión, tal cual santo de pueblo.
Fue esa misma indecisión lo que le llevó a convertirse en escritor.
—Es que cuando no se puede vivir con la consciencia tranquila, se escriben historias—, le resonó el sarcasmo en palabras y como pudo, entre histerias, mentiras, anotaciones y verborreas, de esas que ahora reseñan como literarias, vivió escribiendo libros.

Hizo una vida escribiendo todas esas cosas que tanto deseó cambiar. Escribió mintiendo con todas esas palabras que conocía y desconocía. Mintió tan bien, que incluso para él, todos esos personajes realmente existieron en carne y hueso, y él, tan humilde, se limitaba únicamente en repetir las susodichas verdades.
 Fue ese proceso de mentitura, —una mezcla de mentiras y escrituralo que le salvó de esa locura que sufren los indecisos. No ganó ni un cinco de aquellas letras, únicamente se propinó el odio de Catalina, su única hija de quien se olvidó por completo y quien, luego de que aquel nombre tan desagradable los abandonara, no hiciera más que soñar que un día se alejaría para siempre de tan extraño ser humano para irse a la ciudad, aprender las tan famosas matemáticas y construir edificios donde gente real pudiera vivir de verdad.

***

Veinticinco años después, recibiría la queja de la Profe Esmeralda, pues resultó ser que Luciana, en vez de casos de factoreo, escribía poesía y en vez de resolver la edad de Pepito, quien era tres veces la edad de Juanita y cinco la edad de Pedrito, se proponía resolver historias.
—¡Es que las mates no me gustan!—chillaba.
—¡Igual que tu abuelo querés terminar vos!—gritaba desgarrándose vestiduras imaginarias, pues la madre nunca entendió de poesías, ni de historias, ni de letras, ni de padres —ahora abuelos— quienes sobrevivieron, gracias a las letras, la ausencia de amores que engañaban.

—DA20150819

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