Antorchas

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Antorchas

   Bebía para escribir y gracias a las palabras logró sobrevivir. Cuando nos conocimos hablaba muy poco, y cuando lo hacía, era para consolarse ella misma repitiendo sin cesar que “la tercera era la vencida”.

    No me explicó nada, pero por lo que leí, entendí que fue en su cama (“su templo” como escribía en su prosa sin fechas) que vio el final luego de encontrar a aquel petimetre desconocido cogiéndose a su marido.

   “No me vuelvo a enamorar,” brindó esa noche mientras el ardiente rojo del pinta labios se disolvía en el borde de aquel vaso de cristal astillado como su corazón, el cual, trago tras trago, reparaba con una costura invisible de resentimiento.
    Sin aviso, la luz en sus ojos se extinguió. Se encerraron en misterio así como unos smoky-eyes carentes de sensualidad. Poco a poco las palabras menguaron también. De ella, solo quedó el frío silencio, resultado de aquel dolor que, como tepezcuintle, arrastró en un luto desproporcionado, extinguiendo la antorcha del amor.

   Nunca la vi acompañada. Venía y se sentaba con su cajetilla roja de cigarros y—
    “Bien frías,” decía con su voz carrasposa al pedir las acostumbradas cervezas.
    Día a día vi su rostro arrugarse como una servilleta mojada, de esas que usaba como posavasos. En el cenicero, se acongojaban en cenizas todas esas lágrimas que nunca derramó.

   Era su tercer—
    “Amor. Eso fue, amor en saco roto,” interrumpió el silencio un día, dejando el vaso vacío sobre la mesa. “Una babosada eso de amar. Si, me enamoré de muchos pero a pocos… amé a muy pocos” dijo extendiendo un papel médico en lugar de la lista de amantes que, supongo, intentaba mostrarme.
    “¿Se enamoró del doctor Roberto?” traté de disimular al leer la mala noticia.
    Abrió sus ojos ahumados y, antes que el asombro, ví una mezcla de vergüenza y culpabilidad. De un tajo me arrebató el papel con sus manos huesudas y temblorosas.
    “¿Qué?” avivaron como antorchas los ojos furiosos, “¿Vos también me vas a decir que deje de fumar?”
    “Cada quién hace lo que tiene que hacer, niña—. Cada quién…” respondí recogiendo el vaso vacío, el mismo astillado, esta vez sin marcas de labios. “¿Le sirvo otra igual?”
    “Si” dijo agachando la mirada, confirmando la gravedad de la enfermedad.

    Desapareció por mucho tiempo y después de veintidós meses me llamó.

   “Por fin me lo sacaron, Estela. El resentimiento pues,” me confesó al borde de la cama del hospital luego que la anestesia y una mastectomía le salvaran la vida. “Eso sí, me dejaron expuesto de por vida el corazón”.
   Y mostrándome la cicatriz al lado izquierdo sobre el pecho, lloró.

—DA20150825

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